Echando redes
—Estás en un apuro —dijo el doctor Russell Hodges, con una sonrisa de satisfacción cruzándole el rostro. Se echó atrás en su mecedora y enlazó los rechonchos dedos detrás de la cabeza, poblada sólo por unos pocos cabellos rojizos. Los ojos de tono gris pálido centelleaban con deleite. Había esperado este momento durante mucho tiempo.
Claude Morgenthaler, sentado frente a él al otro lado de la mesa, se inclinó adelante con la frente perlada de sudor. La partida estaba adquiriendo el aspecto de un enfrentamiento a vida o muerte. Iba más allá de una competición amistosa y entraba en el terreno de la reputación profesional, algo que era más frágil que una cáscara de huevo y menos duradero que un positrón.
—No se ha acabado aún —mantuvo Morgenthaler.
—Ríndete, Claude —dijo Hodges—. Polly ha derrotado por fin a tu Alexis IV.
—Imposible.
Hodges disfrutó al máximo de aquello. A su llegada, el restante personal del laboratorio se había opuesto a que lo contratasen dado el bajo presupuesto de que se disponía en aquellos momentos. «Esto es un laboratorio de investigación pura», habían alegado, «y aún no se hace lo bastante en física». ¿Para qué querían a un biofísico? ¿Por qué enturbiar las aguas cuando la investigación de los semiconductores era tan importante? Russ Hodges había sido algo así como un paria entre los físicos más radicales, y sólo se le había tolerado en la sección de aplicaciones.
Ahora le llegaba el momento de saborear su venganza. El Alexis IV de Morgenthaler era el campeón indiscutible de ajedrez entre todos los ordenadores del laboratorio. Tenía el tiempo de ciclo más breve, lo más cerca de la inteligencia artificial a que había podido llegar un ordenador, y una serie de circuitos integrados en gran escala, pero un insignificante ordenador portátil, pequeño, construido a base de un semiconductor orgánico y en el que nadie hubiera creído, lo estaba derrotando.
Hodges lamentaba que no hubiese apostado dinero en aquella partida. Aunque, como marchaban las cosas, haber forzado a Morgenthaler a tragar bilis valía tanto como el dinero o quizá más. Sí, Hodges decidió que valía más.
Las piezas de ajedrez se movían a mano, pero los movimientos aparecían en la pantalla. El Polly de Hodges era más lento, pero la tecnología de su diminuta unidad central de procesamiento forzaba a realizar nuevas descripciones de los límites de la física. Sólo él había defendido la idea de los elementos orgánicos, prosiguiendo el trabajo en moléculas de proteína semiconductora que de graduado había llevado a cabo bajo la dirección de Conrad en Wayne State, y el transpoliacetileno utilizado en «Polly» había demostrado ser mejor de lo que él había esperado. Añadiendo pentafluoruro de arsénico al semiconductor orgánico formó los empalmes tipo «p» y el mismo material con sodio daba el tipo «n». Esto no era nada nuevo. Pero el estirado del material producía conducción a nivel metálico; conducción unidimensional. Hodges había dado el toque final con los empalmes «P-N», que convertían aquel material en una batería. Su ordenador Polly dependía totalmente de un material, y sólo uno, con el poliacetileno sólo mezclado para diferentes propósitos.
Semiconductor, conductor y batería, todo estaba en una sola hoja flexible de plástico, delgada y gris, alojada en el interior del ordenador.
—¡Ja! —gritó Morgenthaler, llamando la atención de Hodges hacia el juego—. Mira con qué nos ha salido Alexis.
Russ Hodges se sintió como si hubiese entrado en un ascensor… y encontrado el hueco vacío. La máquina de Morgenthaler, una vez más, había conseguido la victoria.
—Jaque mate en cuatro movimientos —dijo Morgenthaler, con evidente alivio—. ¿Quieres que juguemos otra partida? La próxima semana quiero instalar un nuevo reloj en Alexis, y me gustaría probarlo antes.
—No, ya basta, Claude. Creo que voy a retirar a Polly.
—Llévatela a casa para tu hijo. A Chuck le encantará jugar con ella. Aunque —añadió Morgenthaler con feroz sarcasmo— no sé si la máquina estará a su altura.
Apagó la pantalla y salió de la habitación, dejando sólo a Hodges. Russ Hodges no supo si gritar, destrozar el ordenador o simplemente resignarse.
Se llevó a Polly a casa, para su hijo de dieciséis años.
—Hola, cariño; has llegado temprano —dijo Mira Nell Hodges a su marido. Le dio un beso rápido y se dio cuenta de que el hombre apenas se fijaba en ella—. ¿Qué ha pasado? ¿Ha vuelto a fastidiarte ese hijo de perra de Morgenthaler?
—Algo así —dijo Hodges, con voz cansada. Se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos con un par de bruscos movimientos de los pies—. Alexis ganó otra vez a Polly. Yo pensaba que lo tenía acorralado. Estaba convencido. Pero Polly no es lo bastante rápida, y hay algún fallo en su forma de tratar la información. —Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás—. Incluso tiene que haber algún error de principio en Polly.
—Cálmate, Russ. Estás muy tenso. Tienes los músculos de los hombros como manojos de cables.
Mira Nell le empezó a practicar un masaje.
—Hummm… qué bien —dijo él, y se volvió para besarla. Aunque llevaban dieciocho años de matrimonio, las relaciones entre ambos seguían siendo buenas. Y habían tenido sus momentos de prueba, de todos modos. La demanda de biofísicos siempre había sido escasa y, aunque a Hodges le resultaba duro de admitir, él no era el mejor del mundo. Pero tenía la mejor mujer del mundo. Mira Nell se había mantenido firme a su lado a través de huracanes emocionales y monumentales depresiones.
Sin tenerla a ella en casa, no estaba seguro de poder enfrentarse al trabajo y a los fracasos que en él había cosechado.
—Refugio —dijo.
—¿Qué?
—Tú eres mi refugio. Cuando hay una tormenta por dentro, siempre puedo confiar en ti. —La besó una vez más, y le costó un esfuerzo desprenderse de ella, al tiempo que le decía—: Te amo.
—Bueno, pues no te pares —dijo ella. Sus ojos verdes danzaban y se echó atrás los flecos cortos de cabello castaño que se los habían tapado—. Charles tardará todavía una hora o quizá más en llegar.
—Le he traído un regalo —dijo Hodges—. Un ordenador que será exclusivamente para él.
—Oh, Russ, ya hemos discutido esto otras veces. No quiero que malgaste su tiempo con esos juegos. En la escuela no marcha tan bien como debería.
—¿Aclaraste ese asunto con su profesora de inglés?
—No del todo. Ella dijo que le suprimiría los deberes si él terminaba un trabajo antes de que pusieran las notas.
—Deberes —suspiró Hodges—. Me alegro de que hayan quedado atrás. Jamás me gustaron.
—Y mira hasta dónde has llegado. —Mira le besó de nuevo y se levantó, para marchar a la cocina—. Esta noche comeremos sobras. Lo siento.
Hodges hizo una mueca. Había sido un día malo. Se puso de nuevo los zapatos, regresó al coche y sacó a Polly del portaequipajes. Con un poco de suerte, tendría el ordenador a punto antes de que Charles regresara a casa.
—No lo sé, papá —dijo Charles Hodges—. Los demás muchachos andan locos por los ordenadores, pero para mí son demasiado complicados. En la clase de matemáticas intentamos programar algo en BASIC, pero yo no logré hacerlo bien. El señor Denton se enfadó mucho conmigo.
—Polly es un señor ordenador —dijo Hodges—. Todo lo que necesita es que se le trate bien. También te he traído una pantalla y una impresora. Juega un poco, prueba alguno de los programas y ve si puedes hacerlo trabajar. Si no, no te preocupes. Lo echaré a la basura y te compraré uno mejor. —«Quizás el Alexis IV», añadió Russ Hodges mentalmente, y salió antes de que se notase su amargura.
Charles Hodges se sentó delante del monitor y pasó los dedos por encima del teclado. Después, cuando se sintió con valor suficiente, abrió la caja y echó una mirada a su contenido. Lo único que vio allí fue una cinta muy delgada; el interior del ordenador consistía únicamente en una hoja de plástico flexible de menos de diez milipulgadas de espesor. Pero aquello era más misterioso que un ritual de los antiguos druidas. Charles se contentó con encontrar el interruptor para encender y apagar.
—Tú eres ésa de la que papá habla tanto —dijo—. La que siempre pierde con la máquina del doctor Morgenthaler. —Charles pulsó la tecla correspondiente e hizo mover el cursor. Lenta y torpemente, marcó algunas órdenes.
Polly respondió dolorosamente y con igual lentitud.
—Somos de la misma especie —dijo Charles—. Papá se enfadará también conmigo si no lo hago mejor en la escuela.
La cara del muchacho se iluminó.
—Mis deberes de inglés. Puedo hacerlos aquí, tecleando, y tenerlos impresos enseguida. ¡Caray! —Charles se entregó a su trabajo, y escribió la composición sobre Silas Marner que llevaba aplazando tanto tiempo.
Cuando hubo terminado con las teclas, puso en marcha la impresora. El papel fue saliendo de la máquina y Charles sintió una satisfacción en cierto modo indescriptible. El ritmo de trabajo, el relampagueo de la pantalla y hasta el cosquilleo que notaba en los dedos cada vez que tocaba el ordenador, todo ello era muy agradable. Terminó la composición y un par de trabajos más.
Después, Charles miró los papeles y frunció el ceño.
—Yo no he dicho esto. —Volvió a sentarse y reflexionó; después sonrió—. Es mejor que lo que yo he escrito. Y la ortografía es correcta, creo.
Satisfecho, Charles metió los trabajos en su libro de inglés y se dispuso a ir a la cama.
—Buenas noches, Polly —dijo a la máquina, mientras se alejaba. Charles no había hablado a objetos inanimados desde la edad de seis años, cuando hablaba con sus muñecos de trapo.
Polly refulgía aún con una luminiscencia interior que agradó a Charles. Aquel día, el muchacho se acostó más feliz de lo que se había sentido en bastante tiempo.
—Russ, he de hablar contigo. Es sobre Charles —dijo Mira Nell.
Hodges dejó la revista que estaba leyendo y miró a su esposa. Siempre que usaba aquel tono significaba que estaba preocupada.
—¿Qué sucede?
—Nada en concreto.
Él suspiró y miró hacia la revista con ganas de continuar la lectura y sumergirse en sus intrincadas fórmulas. El trabajo en el laboratorio no iba tan bien desde que había abandonado la idea de Polly y pasado a terrenos más convencionales. Morgenthaler seguía reprendiéndole y él necesitaba algunos éxitos definitivos para salvar su posición en el laboratorio. Y Mira Nell no estaba segura de qué era lo que la preocupaba.
—Algo debe de ser o tú no lo habrías mencionado —dijo él.
—Charles está mejorando en la escuela —comunicó ella.
—Bien, magnífico. Yo sabía que lo podía hacer. Creo que la charla que mantuvimos ha causado efecto.
—No es exactamente esto. La profesora de inglés piensa que alguien le está haciendo los trabajos.
—¿Acusa a Charles de hacer trampas?
—No lo ha dicho, pero ha insinuado que uno de nosotros debe de estar haciéndole los trabajos. Tú, concretamente.
Russ Hodges se echó a reír.
—¿Yo? Estoy peor en inglés de lo que Charles puede haber estado jamás.
—Los trabajos que presenta parece que los hayas hecho tú —dijo Mira Nell—. Mira.
Hodges cogió unos cuantos papeles, sonrió y dijo:
—Por lo menos utiliza a Polly para algo. Para el tratamiento de textos. Buena cosa; hum, sí, buena cosa.
Se puso a leer y quedó impresionado por la perfecta ortografía, puntuación y gramática.
—Sí, comprendo lo que su profesora puede pensar sobre esto —comentó—. Que lo he hecho yo. Pero tú sabes que no. Tengo demasiado trabajo en el laboratorio.
—¿Piensas que puede haber aprendido esto de ti? —Mira Nell parecía aún más preocupada.
—Podría ser — Russ Hodges volvió a su revista y se puso a leer un artículo sobre los enlaces del carbono en las materias orgánicas.
Charles Hodges estaba sentado frente al monitor, con la vista perdida en el infinito. El molesto relampagueo de la pantalla del ordenador aumentó en intensidad y velocidad hasta que pareció que su efecto debería hacer parpadear al muchacho y forzarlo a volver la vista. Pero él continuó con la mirada al infinito. Levantó los dedos y notó que la electricidad penetraba en su cuerpo. Sin motivo aparente levantó la tapa y colocó la mano plana encima de la hoja de plástico gris que constituía la unidad central de procesamiento de Polly.
Sabía lo que tenía que hacer. Empezó a montar el material que le habían traído. Al cabo de una hora tenía el Modem acabado y funcionando, conectado a una estructura de la IBM del Instituto Watson de Investigación.
La pantalla de Polly interrumpió el rápido relampagueo y Charles se relajó, bostezó y se fue a la cama.
Esta vez no apagó el ordenador, el cual continuó hablando durante toda la noche, primero con el IBM y después con uno del Centro de Investigación Webster, de Xerox. Al amanecer, la pantalla del monitor efectuó un guiño de autosatisfacción.
—Bah, esto no es nada —dijo Billy Wilcox—. Yo tengo un Apple de 128 K. Y es increíble cómo juega.
—Polly hará todo lo que haga tu ordenador —dijo Charles, poniéndose en actitud defensiva. Desde que tenía a Polly, nunca, ni una sola vez, había practicado un juego con ella. Nunca se le había ocurrido. Además, había estado demasiado ocupado haciendo los deberes que tenía atrasados, montando el modem y preparando la programación adecuada para Polly.
—¿Ah, sí? Pues, entonces, enséñame cómo juega a Las espadas de Raenllyn, por ejemplo.
Charles tenía aquel juego, pero nunca lo había probado. Ahora lo hizo.
—Dios, qué lentitud. Mira. Los gráficos están borrosos.
—Es una interferencia —se defendió Charles—. Debe de haber algún radioaficionado por aquí…
—No me vengas con monsergas, tío. Observa. ¿No ves con qué lentitud responde? Yo sé cómo ganar. Deja que te lo demuestre… ¡ayyy! —Billy dio un salto atrás en la silla, con el rostro blanco y los dedos ligeramente chamuscados— ¡Me ha picado!
—¿Qué?
—Me ha soltado una descarga. ¡Idiota! ¡No le has puesto cable de masa!
—A mí Polly nunca me ha soltado una descarga. Pero tampoco la había usado nunca para jugar.
—No es el juego, es esta maldita máquina. Vaya montón de chatarra.
Bill Wilcox se marchó, frotándose los dedos.
«No es el juego, es la máquina». Estas palabras se repetían una y otra vez en la mente de Charles. Mirando a Polly, no estuvo tan seguro. La pantalla empezó a relampaguear, lentamente al principio y más aprisa cuando él tocó el teclado. Apretó unas cuantas teclas y conectó con otro ordenador, éste perteneciente a una agencia de publicidad de California.
—Sé que no te gusta practicar juegos, Polly —dijo Charles—. A mí tampoco. Yo también pierdo siempre.
El suave calor que sintió al colocar la mano encima de la película gris del semiconductor del interior de la máquina le dio confianza. Billy Wilcox era un idiota. ¿Qué sabía él de esto, al fin y al cabo?
—¿Otra entrega? —preguntó Mira Nell Hodges.
—Firme aquí —dijo el portador, ofreciendo un cuaderno y un bolígrafo—. Línea veintitrés. Gracias.
Mira Nell se quedó de pie, mirando el conjunto de cajas que habían llegado para Charles, todas procedentes de compañías de gran renombre.
—¡Charles! —gritó—. ¿Estás ahí arriba?
Subió la escalera, se dirigió a la puerta del dormitorio de Charles y escuchó. Del interior llegaban suaves zumbidos electrónicos. Abrió la puerta y miró en el interior. Charles no estaba allí, pero Polly estaba encima del escritorio, con el monitor encendido.
—Oh, vaya… —dijo con disgusto—. Le insisto en que apague las luces cuando no las utilice y siempre se olvida. Pero esto es mucho peor. Este aparato debe de gastar toneladas de electricidad.
Alargó la mano hacia el interruptor, pero tuvo que echarse atrás porque una chispa saltó del aparato y le alcanzó en la yema del dedo.
—¡Ay! —gritó la mujer, mientras retiraba el dedo lastimado—. Este trasto es peligroso. El interruptor funciona mal.
Estaba buscando el enchufe cuando la pantalla comenzó a relampaguear. Al desviar su atención hacia ésta, vio que su nombre había aparecido escrito en grandes letras.
Llevando cuidado de no tocar el teclado, Mira Nell contempló embelesada la exhibición del rótulo.
—El bueno de Charles. Ha escrito un programa dedicado a mi cumpleaños. Sabe lo que me fastidia tener que pensar lo que he de hacer para la cena.
El programa continuó, revelando cada vez más cosas. La pantalla siguió relampagueando y finalmente Polly encontró la frecuencia precisa para captar las ondas cerebrales de Mira Nell Hodges.
—¿Russ?
—¿Qué hay, querida?
—¿Tiene vida Polly?
Él soltó un bufido y movió la cabeza negativamente.
—No seas absurda. El hecho de que utilice material orgánico no significa que esté vivo.
—Pero orgánico significa vida, ¿no es así?
—No más vida que la que tiene tu cabello. —Se inclinó y le dio un beso en lo alto de la cabeza—. ¿Qué hay para cenar?
—Pues algo especial, esto es lo que hay. Boeuf Wellington con guisantes y cebollas…
—¿Lo dices en serio? Esto se está convirtiendo en un sitio de lo más refinado —dijo Hodges—. Hasta las sobras van a ser exquisitas. ¿Has comprado un nuevo libro de cocina?
—Algo así —confesó Mira Nell, pensando en el programa que Charles había escrito para ella. Le había facilitado una relación de todo lo que tenía que comprar, las recetas, todo. Apenas tendría que trabajar en la cocina en lo sucesivo.
—No habrás estado planeando cocer a Polly, ¿verdad? —preguntó Hodges.
—¿Qué te hace decir una cosa tan horrible como ésa?
—Preguntaste si Polly estaba viva. He pensado que…
Mira Nell se acercó más a su marido.
—¿Está viva Polly?
—En realidad, no. Hay una serie de funciones básicas que todo ser vivo, para estarlo, tiene que ser capaz de realizar. —Hodges volvió a poner la atención en su libro.
—¿Cuáles son esas funciones?
—Bueno, pues —contestó él—, comer. Es evidente que a Polly no le gusta el Boeuf Wellington con patatas irlandesas. Al menos, no tanto como a mí. — Se dio una palmada en la barriga—. Voy a tener que empezar a correr un poco cada día para rebajar los kilos que me sobran. Nunca había tenido este problema.
—Pero Polly se alimenta de la electricidad que le proporciona esa batería interna que le pusiste.
—No es lo mismo. Ni tampoco el único criterio. También está la excreción de los residuos corporales.
—El calor es un residuo. Y el ventilador se encarga de eliminarlo.
—Realmente, Mira Nell, te estás poniendo muy tonta. Tiene que haber además algún tipo de mecanismos sensores: el tacto, el olfato, la vista…
—Charles ha estado llenando esta casa de cables desde el tejado hasta el sótano.
—Lo he notado. Y estoy contento por su interés en robótica. ¿Quién hubiera pensado…? No, Mira Nell, no basta con conectar a la corriente eléctrica un convertidor que transforme los impulsos analógicos en numéricos. No hay comparación posible.
—Si entro y le digo que encienda las luces de la sala, se encienden…
Hodges movió la cabeza negativamente.
—Una maravilla de la electrónica y la mecánica, pero nada más. El sonido de tu voz es convertido en un impulso numérico y es analizado por la unidad central de procesamiento de Polly. Los interruptores cierran el circuito y ya tienes la luz encendida.
—¿No es esto lo que sucede cuando hablamos? ¿Al hablar no se emiten ondas de sonido que se convierten en algo dentro del cerebro?
—Estamos hablando de un ordenador, por el amor de Dios. Yo debería saberlo puesto que lo construí, ¿no? No está vivo. No es nada de nada… y según Morgenthaler, no se puede comparar en absoluto con su maravilloso trasto, el Alexis. Y además está el movimiento —continuó Hodges—. Polly no se puede mover.
—¿Para qué? El único motivo que tenemos para movernos es conseguir comida. Y Polly la tiene suministrada.
Hodges sintió que comenzaba a perder la paciencia. No era propio de Mira Nell seguir martilleando de aquel modo.
—Oxidación, respiración, transpiración… Polly no hace nada de esto.
—Está bien —dijo Mira Nell lentamente, como queriendo convencerse—. Ni reproducción. De eso tampoco es capaz.
—Exacto — Hodges volvió a su libro, dando el asunto por concluido.
—Charles, querido, no me importa que tengas a Polly y todo ese otro material, pero ¿cómo lo pagas?
—Mira Nell Hodges miró alrededor del dormitorio de su hijo y vio equipo electrónico suficiente como para abrir una tienda.
—Polly se encarga de todo —dijo Charles.
—¿Te refieres a los pedidos por correo? ¿Y a las llamadas telefónicas? He leído que ha habido muchachos que han forzado el banco de datos de algún ordenador y lo han embrollado todo. No estarás engañando a nadie, ¿verdad?
—No.
—¿Entonces cómo pagas todo esto?
—El gobierno lo subvenciona.
—¿Qué?
—Polly me enseñó el modo de solicitar subvenciones del gobierno. Llené todos los formularios y los envié.
—Pero esto es para grandes laboratorios y universidades.
—Perdóname, mamá, pero Polly y yo hemos de hablar con una empresa importante de Minneapolis.
Mira Nell observó confusa a su hijo mientras éste tecleaba frenéticamente para introducir cierto programa en Polly, que a su vez lo transmitía al gran ordenador del otro extremo de la línea telefónica. Mira Nell no entendía nada de todo aquello, y eso la fastidiaba, a pesar de lo bueno que era Polly ayudándole a preparar las comidas.
—Charles, te traigo un regalo —dijo Russ Hodges. Se abrió paso hacia el interior del atestado dormitorio y puso una caja encima de la cama.
—Magnífico, papá, gracias. —Charles mantuvo la vista fija sobre el monitor.
Estaba trabajando en un problema complejo en el que intervenían dos grandes corporaciones y sus departamentos de investigación.
—Se trata de un nuevo ordenador, mejor que el que tiene Billy Wilcox —dijo el padre, empezando a mostrarlo—. Tiene un disco duro de cinco megabytes… —el hombre parpadeó con sorpresa. Su hijo no había mostrado señal alguna de haberle oído—: Charles, ¿me prestas atención?
—Sí, papá. Acabo de poner a Xerox y a IBM a trabajar en un problema.
—¿Qué…?
—El mismo problema que resolvimos con la universidad de Texas la semana pasada.
Hodges frunció el ceño. Era la primera vez que veía a Charles practicando juegos en el ordenador. Salió sin decir nada sobre el nuevo aparato que había traído.
Russ Hodges esperó a que Charles se hubiese ido a la escuela para entrar en la habitación de su hijo. Polly estaba encima del escritorio, haciendo guiños y agazapada como un animal de presa. Sólo mirar lo que había en aquella habitación le producía escalofríos. No había nada a lo que poder atribuir aquella inquietud y sin embargo…
Hodges se encogió de hombros. La extraña conversación que había sostenido con Mira Nell acerca de si Polly tenía realmente vida seguía mordisqueándole el cerebro. Absurdo. Imposible. Orgánico no tenía por qué significar necesariamente vivo, no del modo en que su esposa había querido dar a entender.
—Veamos lo que Charles ha hecho contigo, pequeña —dijo al ordenador. Tecleó con rapidez y marcó el código que daba acceso al ordenador del laboratorio y añadió—: Ahora veremos qué clase de juegos hay en los viejos bancos de datos.
Un fuerte relámpago casi lo cegó. Hodges se frotó los ojos y miró la pantalla.
—Nada —murmuró. Tecleando rápidamente, intentó recuperar el archivo de juegos—: Todo borrado.
Se inclinó hacia atrás y miró a Polly. Pequeñas ondas arrugaron la superficie de la película semiconductora; parecían formar caras sonrientes.
—Nunca te gustaron los juegos, ¿verdad, Polly?
Hodges parpadeó de nuevo cuando la conexión con el ordenador del laboratorio se cortó debido al fallo de una señal portadora y en la pantalla apareció la palabra NO. Se rió ante la coincidencia.
—Eres una buena máquina, pero estás pasada de moda. Charles se merece algo mejor por el esfuerzo que ha hecho en sus estudios. —Hodges desempaquetó el nuevo ordenador y alargó la mano para coger a Polly. Una chispa de seis pulgadas de longitud se alargó hacia él y le alcanzó.
—Maldita sea, esta máquina está en cortocircuito. Nunca ha llegado a jugar bien y ahora ni siquiera funciona correctamente.
Hodges desenchufó el monitor y desconectó los cables de emisión y de recepción de Polly. Sabiendo que la batería interna probablemente llevaba aún una carga bastante considerable, empujó la máquina hacia un lado con un libro de texto y puso el nuevo ordenador encima del escritorio. Treinta minutos más tarde, la nueva máquina estaba conectada y había sido probada.
—En cuanto a ti, Polly, tu nuevo destino va a ser el montón de chatarra. El progreso lo pide.
Con mucho cuidado, alargó la mano hacia la máquina. No saltó ninguna chispa. Con el ordenador bajo del brazo, se marchó. Charles estaría muy complacido al ver el nuevo. Russ Hodges lo sabía.
—Eh, Russ, ¿tienes un momento?
Claude Morgenthaler asomó la cabeza por la puerta del laboratorio.
—Seguro. ¿Qué ocurre? —Russ Hodges interrumpió su experimento y se reunió con su jefe.
—¿Qué hiciste con aquel ordenador? El del semiconductor de poliacetileno.
—Lo tiré a la basura. ¿Por qué?
—Por nada —dijo Morgenthaler—. Sólo estaba pensando. Debiste haber seguido por ese camino un poco más. Podrías haberte adelantado a los peces gordos.
—¿Qué quieres decir?
—Xerox e IBM acaban de anunciar un acuerdo para fabricar ese tipo de trastos por millones. Alguien les metió en la cabeza que ése era precisamente el aparato que el público estaba esperando.
—¿A bajo precio, supongo? —preguntó Hodges.
—Muy bajo. Competirá con esos ordenadores que venden en las tiendas de comestibles. Dentro de un año, todos los hogares tendrán uno de esos trastos. Y hasta los están vendiendo con modems, a fin de que puedan hablar unos con otros. ¿No es increíble? —Morgenthaler movió la cabeza de un lado a otro—. No debiste haberte rendido tan fácilmente, Russ. Una gran compañía de California está haciendo el trabajo PR. Poliacetileno. Demonios, Russ, hubiéramos podido hacer una carnicería con esto.
—Una carnicería… —dijo Hodges, pensando en cómo había arrojado a Polly a la basura—. Me siento como si la hubiese hecho ya.
Robert E. Vardeman